Historias del invierno en Puerto Natales: El cerro de la Chorrillos

Cuentan los historiadores que fueron los lugares de origen el pretexto de los apellidos. Se te apellidas Torres, pues, es factible que alguno de tus antepasados haya vivido cerca o en unas torres en España o por dónde el diablo perdió el poncho.

En Puerto Natales, si existe un espacio que merece alimentar un apellido, es el cerro de la Chorrillos. La calle Chorrillos es extensa y se perpetúa hasta el barrio alto, pero antes hay un cerrito. Los habitantes del sector podrían apellidarse “Los del Cerro Chorrillos”. O algo así.

Durante gran parte del año el cerro de la Chorrillos nunca significaba demasiado. Excepto en invierno. Cuando llegaban las épocas frías y el cerro de tierra se cubría con varias capas de nieve. Entonces comenzaba a adquirir trascendencia. A convertirse en historia.

En la década del 70, por caso, decenas de chicos llegaban desde las distintas poblaciones de la localidad llamados por la aventura de bajar 80 metros a toda velocidad con su trineo. Bólidos de 11 años o menos.

Se les dibujaba una sonrisa en la cara a los críos, detrás relucían unos dientes de puro marfil, brillantes. Vestían lo más deportivo que se podía entonces. Gorro de lana, pullover de lana, jeans o pantalones hechos con tela de ropa de trabajo, zapatotes negros, siempre, guantes de un solo dedo. El resto era energía a destajo.

Después de las 17, cuando el colegio concluía su jornada, los chicos y algunas chicas, pocas, se lanzaban a pique.

Por el propio declive del terreno los automovilistas no se atrevían. De todos modos, había escasos vehículos en aquel Puerto Natales de los 70.

Desde las casas algunas vecinas corrían las cortinas de sus ventanas e iluminaban el camino con su curiosidad.

Tantas miles de veces repetían su ritual de invierno los muchachos que la nieve se convertía en un asfalto resbaladizo y solo apto para entendidos.

No había competencia de velocidad ni de equipos, pero algunos se esmeraban en ambos ítems. Se veían trineos de puro fierro junto a otros hechos de madera y, abajo, huinchas metálicas de las que se usaban para empalmar el hule de las casas.

Los privilegiados con casa en el cerro tenían a su disposición un parque de entretenimientos gratuitos.

Otro tiempo, otros juegos.

Hoy el cerro de la Chorrillos luce más pequeño, amansado y una capa de pavimiento lo cubre por completo de principio a fin.

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